Herculine Barbin o el disfraz encantado.

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Herculine Barbin o el disfraz encantado.

Mensajepor gina » Mar, 14 14UTC Nov 14UTC 2006. 7:06 am

Herculine Barbin o el disfraz encarnado
Otro caso singular de travestismo es el del hermafrodita francés del siglo XIX, Herculine Barbin, cuyas memorias fueron exhumadas por Michel Foucault y publicadas en 1978. Singular por el hecho de haber recurrido a un travestismo en un principio involuntario pues, al parecer, su hermafroditismo no resultó evidente en el reconocimiento inicial al que se somete a todo recién nacido. Así, Adéläide Herculine, conocida por sus familiares como Alexina, pasó por ser mujer desde su nacimiento, verificado el 7 de noviembre de 1838, hasta el juicio civil que le otorgó una nueva identidad sexual, realizado el 21 de junio de 1860. Oficialmente, veintidós años en que fue educada como mujer y portó el disfraz femenino, no obstante que desde su pubertad comenzó a dar muestras de rasgos sexuales secundarios masculinos, que la joven, confundida y atribulada, buscó ocultar. Instruida y educada para ser profesora de niñas, sus Memorias son el testimonio de sus avatares pero también un documento literario que roza la novela sentimental y erótica gracias a su diestra y conmovedora escritura. Iniciadas sólo tres años después del juicio civil, estas Memorias no dejan lugar a dudas de la conciencia del proceso doloroso que le tocó vivir.

“Tengo veinticinco años y, aunque aún soy joven, puedo avizorar sin lugar a dudas la proximidad de la hora de mi muerte.
“He sufrido demasiado, ¡y debo añadir que lo he hecho sola! ¡Sola! ¡Abandonada por todos! No se me destinó un lugar en este mundo que me esquiva, que reniega de mí. Ninguna criatura viviente ha podido compartir esta pena inmensa que me embargó desde que abandoné mi niñez, esa edad cuando todo es hermoso, porque todo es nuevo y brilla con la luz del futuro.
“Pero esa edad ya no existe más para mí. Tan pronto como me hice mayor, instintivamente me aparté del mundo, como si hubiera entendido que debía vivir como una extranjera.”
[Herculine Barbin. Being the Recently Discovered Memoirs of a Nineteenth Century French Hermaphrodite, Pantheon Books, Nueva York, 1980, p. 3]

Vestida siempre con ropas del género que Herculine creía le pertenecía, verá llegar la pubertad con cambios que la obligarán a buscar mantener la apariencia femenina.

“A esa edad, cuando se despliegan todas las gracias de una mujer, no tenía ese aspecto suave ni unos miembros bien formados que revelaran una juventud en pleno florecimiento.
Mi apariencia era de una palidez enfermiza que denotaba un estado de morbidez crónica. Mis rasgos presentaban una dureza inusual. Mi labio superior y una parte de mis mejillas estaban cubiertos por una pelusa ligera que aumentó con el paso de los días. Por supuesto, esta peculiaridad a menudo me exponía a comentarios y bromas que yo intentaba evitar mediante el uso frecuente de tijeras ya que no disponía de una navaja. Mas, como suele suceder, sólo conseguí que el vello se hiciera más grueso y más notorio.” [p. 26]

El ocultamiento se convierte entonces en un medio para evitar las miradas sobre un cuerpo que, vaga e intuitivamente, Herculine percibe como “ominoso”.

“Me cubría todo el cuerpo y, a diferencia de mis compañeras, evitaba escrupulosamente exponer mis brazos incluso durante las épocas más calurosas. En lo tocante a mi figura, me mantenía ridículamente delgada. [...] Debo decir, sin embargo, que en general era bien vista por mis maestras y compañeras, y aunque les devolvía su afecto de la mejor manera, lo hacía casi con temor. Yo había nacido para amar. Todas las facultades de mi alma me impulsaban a hacerlo; debajo de una aparente frialdad, que rayaba incluso en la indiferencia, se ocultaba mi corazón apasionado.” [p. 27]

Muy pronto Herculine se sentirá atraída por una de sus compañeras de internado, y a los ojos de las institutrices y de las propias alumnas, sus inclinaciones serán toleradas como parte de los afectos entre amigas cercanas.

“Muy pronto entablé una amistad entrañable con una niña encantadora de nombre Thécla, quien era un año mayor que yo. [...] Siempre nos llamaron ‘las inseparables’, pues de hecho no nos perdíamos de vista por un solo instante.
“Durante el verano, las clases solían impartirse en el jardín; nosotras acostumbrábamos sentarnos una al lado de la otra, tomadas de la mano, sosteniendo el libro entre ambas. Cada cierto tiempo la profesora echaba una mirada en derredor y en más de una ocasión me sorprendió inclinándome hacia Thécla para besarla, algunas veces en la frente y —¿podrían creerlo de mí?— algunas otras en sus labios. Esto podía repetirse una veintena de veces en el curso de una hora. Entonces era condenada a sentarme en la parte más alejada del jardín, lo que hacía de no muy buena gana.”

Como suele acontecer en los casos de hermafroditismo, con el correr del tiempo uno de los sexos se hizo cada vez más patente, de tal forma que la apariencia retraída que hasta entonces Herculine había mantenido, se vuelve un cruel disfraz —una suerte de verdadero corsé mental, emocional, no sólo corpóreo— que entra en conflicto con los cambios y apetitos inesperados.

“Poseída por sentimientos que me resultaría difícil describir, no escuchaba la tormenta que se avecinaba, sino su estruendo aún sordo. [...] Una confusión total reinaba en mis pensamientos. Mi imaginación estaba incesantemente agobiada por el recuerdo de las sensaciones que habían despertado en mi interior, y llegué al punto de culparme por tenerlas como si se tratara de un crimen...” [p. 33]

Para José Ricardo Chaves, quien ha dedicado al tema del andrógino en la literatura del siglo XIX buena parte de sus estudios, hay una suerte de “atisbo nominalista” en la perspectiva de Herculine al considerar los géneros como un asunto de representación teatral.

“Aunque Herculine tiene una visión esencialista de los sexos en la que la fisiología es destino, no puede negarse que hay cierto atisbo nominalista cuando se refiere al sexo de cada quien como un papel, como una actuación, que se representa en el teatro de la realidad, de forma similar a una comedia de travestimientos y metamorfosis a la manera de Beaumarchais en Le mariage de Figaro (a quien menciona en el texto) o de Shakespeare en As you like it. Herculine habla en varias ocasiones del titre d’homme o del titre de femme, como si fuera algo que se pudiera cambiar una vez formado dentro de una de esas dos categorías, a la manera de un antifaz. Habla de esos títulos como algo casi intercambiable o al menos como si se pudiera transmigrar de uno a otro opuesto, femenino o masculino.”
[José Ricardo Chaves, “Herculine Barbin y los nombres de lo innombrable”, en Biblioteca de México, núm. 44, marzo-abril, p. 62]

Y en efecto, investida con una suerte de atavío que la ubica en un mundo de mujeres pero a la vez sintiendo inclinaciones desconcertantes hacia su mismo género, Herculine pareciera observar, asomarse tímidamente al horizonte desde el resquicio de un no-lugar, de un no-ser previo a las definiciones.

“En efecto, tal y como lo había anticipado, ¡el futuro se revelaba amenazador! Más tarde o más temprano tendría que romper con una forma de vida que ya no me pertenecía. Pero, ¡ay de mí!, ¿cómo escapar de este laberinto escalofriante? ¿Dónde encontrar la fortaleza para declarar al mundo que había estado usurpando un lugar, un título que las leyes humanas y divinas me prohibían? Aquello era suficiente para nublar una mente menos firme que la mía. Hasta el momento, ¡no había dejado a Sara ni de día ni de noche! [...] Compartíamos el dulce sueño de pertenecernos uno al otro, ante el cielo y para siempre, es decir, mediante el matrimonio.” [p. 52]

Cuando Herculine se decide a reclamar en un juicio civil el estatus masculino que, en apariencia, más le correspondía, no hace sino mostrarse desnuda ante un público que se horroriza con el misterio de su singularidad: cae el disfraz y se avecina la catástrofe. Entonces, uno no puede dejar de recordar el consejo del abad confesor que le había propuesto un nuevo ropaje: el de monja, recluida en la vida religiosa y monástica, lejos del devenir de los hombres, pero también más a resguardo su secreto de una sociedad que no sería capaz de asimilarlo.

“Este fue el consejo que me dio el abad: ‘No tengo que decirte lo que ya sabes: estás aquí y ahora tienes derecho a llamarte a ti mismo un hombre en la sociedad. Ciertamente lo eres, pero ¿cómo obtendrás el derecho legal para hacerlo? A costa del mayor escándalo, quizás. Sin embargo, no puedes mantener tu situación actual, que está llena de riesgos. Así, el consejo que te doy es el siguiente: retírate del mundo y hazte monja; pero sé muy cuidadosa de no repetir a nadie la confesión que me has hecho, o de lo contrario ningún convento de mujeres te admitiría. Créeme, éste es el único camino que veo posible: acéptalo.’ ” [p. 62]

Pero Herculine no sólo se negó a renunciar al mundo, sino que buscó reclamar en él un lugar digno. Profundamente religiosa, cifró sus esperanzas según el esquema de una piedad cristiana que como ideal distaba mucho del acontecer real —olvidando, por ejemplo, que en el monte Calvario Cristo ofreció a uno de los forajidos con quienes fue crucificado, un reino que no era de este mundo.
Si bien sus Memorias fueron editadas por el médico que realizó el reporte forense, de forma tal que no sabemos a ciencia cierta dónde acaba la pluma del hermafrodita y dónde empieza la de su censor, hay un dato que sin duda concierne al albedrío de Herculine Barbin: la elección del nombre con el que se le conocería a partir del juicio civil que le dio el “título” de hombre. Con su formación católica, no puede ser casual que haya elegido el nombre de Abel para su nueva condición. ¿Acaso no murió el Abel bíblico a manos de un Caín envidioso de su virtud? ¿No se trataría de una proyección sublimada de lo que, precisamente por los avatares que le tocó vivir, aspiraba la atribulada señorita Barbin?
No obstante, los intentos resultaron en vano. Despojada del disfraz que la protegía de la mirada del mundo, portando un atuendo masculino en una mascarada donde sus nuevos pares no la reconocían ni le hacían lugar en la representación, Herculine Barbin, ahora bajo el nombre de Abel Barbin, se suicidó en febrero de 1868. Las últimas palabras de su diario resultan reveladoras, sobre todo porque dan cuenta del grado de percepción que su autora tenía de estar representando un papel “absurdo”, en gran medida impulsada por esa sed de autoconocimiento que, más allá de las fronteras de los sexos y de los géneros, es común a hombres
y mujeres:

“¿Qué extraña ceguera me llevó a mantener este papel absurdo hasta el final? Sería incapaz de explicarlo. Quizás se trataba de esa sed por lo desconocido, que es tan natural al hombre.” [pp. 114-115]

Y acaso, de una encarnación a otra, de un revestimiento más o menos aparencial a una metamorfosis más profunda, convendría recordar las palabras de Píndaro cuando declara Umbrae somnium homo: “el hombre es el sueño de una sombra”.

Clavel. Autora de Los deseos y su sombra (2000) y Paraísos trémulos (2002), ambos editados por Alfaguara.


http://www.eluniversal.com.mx/graficos/ ... bre-04.htm


Besos Gina.

Lukas
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Mensajepor Lukas » Mar, 07 07UTC Ago 07UTC 2012. 10:39 am

otro caso de intersexualidad es el del modelo androgino Jesus benitez valdivieso, aun que no es androgino su apariencia es solo de una mujer. No tiene ningun rasgo de hombre e incluso su fisico es de mujer. Sufrio abusos sexuales a causa de su intersexualidad aun que tambien se a prostituido. Ella es un ejemplo tambien de hermafrodita, son naturales, bellos, son un don de la naturaleza que esta sociedad le envidia

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lluisa_pr
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Mensajepor lluisa_pr » Mar, 07 07UTC Ago 07UTC 2012. 12:06 pm

Hay muchos grados de intersexualidad y manifestaciones.
Ninguno es mas claro o justificable pues todos son aquellos puntos que en los estudios estadisticos te explucan como obviar pues cuanto mas simple y definido mas comodos nos es para el cerebro humano aun.demasiado reptiliano para evitar classificar y reaccionar ante conjeturas/estimulos simples.
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