Apariencia y realidad del sexo (derecho a la identiddad)

Las Leyes y el Derecho en la Identidad de Género.
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Apariencia y realidad del sexo (derecho a la identiddad)

Mensajepor gina » Mar, 28 28UTC Mar 28UTC 2006. 10:54 pm

Martes 28 de marzo de 2006
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Apariencia y realidad del sexo

Por Gustavo A. Bossert y María Alejandra Preibisch
Para LA NACION

En nuestro país sigue abierto el debate en torno del derecho del transexual a la intervención quirúrgica de adecuación de sexo y al cambio de nombre.

No se trata del homosexual, que no reclama un estado sexual diferente, pero siente atracción por las personas del mismo sexo. El transexual padece la constante tortura de sentirse encerrado en un cuerpo que no le pertenece, cuyos órganos sexuales no se corresponden con su sexo profundo, su psiquis, sus hábitos, sus gustos y su definida y auténtica inclinación amorosa y erótica.

La Academia de Medicina de Francia ha dicho que el transexual tiene el sentimiento profundo de pertenecer al sexo opuesto al que es genética, anatómica y jurídicamente el suyo. Las estadísticas de la Harry Benjamín International Gender Dysphoria Association de Estados Unidos indican que desde la primera operación, en 1953, ha habido ya 6000 casos de “reasignación” de sexo, y que habría en el mundo unos 60.000 candidatos a someterse a tal “reasignación” .

El sexólogo León Gindin afirma que en la Argentina habría unos 800 transexuales, de los cuales la mayoría no ha logrado aún modificar su situación; también explica que de cada 50 mil varones uno nace transexual, cosa que ocurre entre una de cada 60 mil mujeres. Al respecto, los estudios hechos en Suecia (Wälinder, 1968) y en Gran Bretaña (Hoening y Kenna, 1974) sostienen que, de cada 37.000 varones uno es transexual y que también lo es una de cada 108.000 mujeres.

Todo ello muestra que, comparada con la población heterosexual, los transexuales componen una minoría, lo que acentúa el deber de contemplar desde la realidad y sin prejuicios su particular situación para defender sus derechos, tantas veces ignorados cuando se trata de minorías.

¿Y cuál es “la realidad” desde la que debe ser considerado el transexualismo? Prevaleció en el pasado, y hoy tiene aún sostenedores, la tesis que se desentiende de toda causa biológica y reduce su origen a hábitos inculcados en la infancia. Sin embargo, en el ámbito científico crecen las hipótesis sobre posibles causas biológicas del transexualismo.

Swaab, del Instituto de Investigaciones cerebrales de Amsterdam, explica que, conforme a experimentos realizados con roedores, puede sostenerse que la diferenciación sexual masculina del cerebro y el comportamiento masculino están determinados por la impregnación de testosterona (la hormona sexual masculina) en el período prenatal y que esto alcanza al ser humano.

Ello significa que, si bien el género físico del feto está determinado por la unión de un cromosoma de cada uno de los padres en el momento de la concepción (XX para las mujeres y XY para los hombres), es más adelante cuando se establece la identidad de género, de acuerdo con la impregnación de hormonas que recibe el cerebro. Si dicha impregnación es inadecuada o la mezcla de hormonas es defectuosa, se produce una disparidad entre el género físico y el mental, y éste es uno de los factores que darían origen al transexual.

Se ha sostenido, además, que el origen de esas alteraciones hormonales sería genético. John Money (Identidad de género) describe experiencias practicadas en fetos de mamíferos cromosómicamente femeninos y cuyos órganos sexuales son femeninos, a los que se les implantó testosterona, que masculinizó el cerebro, codificando el patrón masculino de cortejo y conducta sexual propios del macho. Clarke y Short filmaron, en 1977, en la escuela de veterinaria de la Universidad de Edinburgo, la experiencia de las “ovejas lesbianas”, hembras masculinizadas por impregnación de testosterona en el período prenatal, que no sólo cortejan y montan como un macho, sino que también, en la conducta urinaria y en la riña, se comportan como un carnero normal.

También se afirma que un núcleo (“estría terminalis”) del hipotálamo es dos veces más grande y contiene el doble de células en el hombre que en la mujer, y que ese núcleo en los transexuales varones tiene la estructura del núcleo de una mujer, y viceversa. Lo expuesto apoya las bases neurobiológicas del transexualismo. Ello, unido a la cotidiana tortura que padece el transexual, ha conducido, en un creciente número de países, al reconocimiento de su género real, a la adecuación por vía quirúrgica de los órganos genitales y a la modificación de su nombre.

Entre otros países donde la ley –o, en su defecto, los jueces– reconocen este derecho de los transexuales pueden citarse Italia, Alemania, Suecia, Dinamarca, Holanda, Finlandia, Noruega, Francia, Suiza, Portugal, Bélgica, Luxemburgo, Grecia, Turquía, Perú, Sudáfrica, Australia, varios estados norteamericanos y provincias de Canadá. También lo ha reconocido en diversas sentencias el Tribunal Supremo de España. En 1999, la Corte Suprema de Uruguay autorizó el cambio de nombre de un transexual operado en Chile. La Corte Europea de los Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, tuvo actitudes muy firmes para solucionar problemas de transexuales que no habían obtenido una respuesta favorable en sus países; por ejemplo, causas contra Bélgica (1980), el Reino Unido (en 1986, 1997 y 1998), Francia (1992), etcétera.

Las pruebas previas a la intervención quirúrgica deben ser rigurosas, para que no queden dudas de la seriedad del caso. Existen, incluso, normas mínimas para el diagnóstico, entre ellas las de la Clínica de Identidad de Género, del Johns Hopkins Hospital, y la Harry Benjamín Association. En Francia, los médicos someten al transexual a lo que denominan “la prueba de la vida real”, es decir, la conducta propia del sexo reivindicado por lo menos durante dos años, en los que puede comenzar el tratamiento hormonal. Para admitir la adecuación de sexo debe probarse la conducta sostenida a través del tiempo, además de las pericias médicas y psiquiátricas. En Mar del Plata, colabora con análisis exhaustivos el Comité Interdisciplinario de Bioética, según se lee en las sentencias del juez Pedro Hooft.

La discordancia entre los órganos sexuales y el sexo profundo es una anomalía que la cirugía, hasta donde puede, corrige, del mismo modo que la cirugía corrige la presencia de órganos sexuales masculinos y femeninos en el hermafrodita, aun cuando haya un sexo dominante. Los casos descriptos en la literatura médica prueban la gravedad del drama que, desde los juegos de la infancia, padece el transexual, desde burlas y ofensas hasta actos de discriminación que, en muchos casos, llevan a intentos de suicidio o de automutilación. Una encuesta realizada en 1997 en Filadelfia a 182 transexuales demostró que un tercio de ellos había intentado suicidarse. En American Journal of Forensic Medicine and Pathology (septiembre de 2005) se informa que la mayoría de las automutilaciones en personas no psicóticas son hechas por transexuales y tienen por objeto obtener la conversión sexual quirúrgica.

No es posible, entonces, seguir invocando meras cuestiones de educación o delirios, porque ello es negar la naturaleza de las cosas, condenando al transexual a una vida cruel. La adecuación del sexo es, en definitiva, un medio terapéutico destinado a respetar el derecho a la salud psicofísica, y también el derecho a la identidad, que comprende la identidad sexual. Ambos derechos están protegidos por las leyes de los países civilizados y por las convenciones internacionales de derechos humanos. Así lo han entendido también en nuestro país algunos recientes fallos. La ley 17.132, artículo 19, inciso 4, impone a los profesionales “no llevar a cabo intervenciones quirúrgicas que modifiquen el sexo del enfermo, salvo que sean efectuadas con posterioridad a una autorización judicial”.

Contra la adecuación de sexo se invoca un supuesto alto número de suicidios tras la operación. European Psychiatry (octubre de 2002) publicó un estudio del departamento de Psicología de la Universidad de Liege, Bélgica, hecho en transexuales operados: sólo el uno por ciento manifestó disconformidad y sólo el uno por ciento intentó el suicidio.

También se debate en la Argentina la facultad de los padres para pedir la autorización judicial en representación de su hijo menor transexual. Hay quienes la rechazan y sostienen que, por tratarse de derechos personalísimos, sólo el transexual podría demandarlos, al llegar a la mayoría de edad, los 21 años.

Entre los derechos personalísimos de un menor figuran su derecho a la identidad y a la salud psicofísica. Su protección, aun por medio de acciones judiciales, no es sólo una facultad, sino un deber de los progenitores. Esto surge del contenido de la patria potestad y de normas internacionales como la Convención de los Derechos del Niño, sin que haya excepción alguna para el caso del menor transexual. Si las pericias acreditan la seriedad del planteo, la protección de la salud del menor debe prevalecer. Además, el artículo 921 del Código Civil reconoce al menor que ha cumplido 14 años discernimiento para los actos lícitos. Es decir, le reconoce “madurez intelectual para razonar, comprender y valorar el acto y sus consecuencias” (Cifuentes). De modo que, aun cuando no tiene la plena capacidad jurídica que alcanza con la mayoría de edad, cuenta con lo que la literatura jurídica norteamericana denomina “competencia”, que le confiere, entre otros, el derecho a que se tenga en cuenta su voluntad para los actos médicos, incluido el requerimiento de su consentimiento informado, ya que, como dice Aída Kemelmajer de Carlucci, “la conciencia del propio cuerpo viene a cada ser humano mucho antes de su mayoría de edad”.

La ley italiana de 1982 no establece límite mínimo de edad para promover el juicio de adecuación de sexo y todo queda librado a la prueba. La ley sueca de 1972, aunque dispone el límite mínimo de 18 años para el cambio de sexo, permite a los padres pedir la comprobación de el hijo pertenece al sexo opuesto, para promover la demanda de adecuación de sexo y cambio de nombre, con el asentimiento del menor si ya ha cumplido 12 años.

La Corte Suprema ha dicho el 6 de noviembre de 1980: “La admisión de soluciones notoriamente disvaliosas no es compatible con el fin común de la tarea legislativa y judicial”. Y también: “No es aceptable la demora en la tutela de derechos comprometidos que, en cambio, exigen consideración inmediata, oportuna y adecuada a su naturaleza”.

Creemos, entonces, que la demanda de los padres de un menor que ha cumplido ya 14 años, acompañada por el consentimiento informado de éste, puede poner en marcha el trámite para la autorización judicial, postergando la intervención quirúrgica hasta los 18 años –edad exigida en muchos países– para asegurar el carácter definitivo de la decisión del transexual.

El derecho a la salud y a la identidad de un menor no se compadece con el sufrimiento de tener que vivir todavía siete años –de los 14 a los 21– con una identidad que no le corresponde, para sólo entonces promover la demanda destinada a permitirle una vida normal y, por fin, aspirar a la felicidad.

Gustavo Bossert fue miembro de la Corte Suprema de Justicia. María Alejandra Preibisch es perita del Cuerpo Médico Forense de esa Corte.

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Re: Apariencia y realidad del sexo (derecho a la identiddad)

Mensajepor andrea » Mar, 28 28UTC Mar 28UTC 2006. 11:28 pm

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Mensajepor gina » Mar, 28 28UTC Mar 28UTC 2006. 11:48 pm

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